miércoles, 31 de diciembre de 2014

CON LOS PIES MOJADOS


CON LOS PIES MOJADOS

 
La primavera en Cornellà ya no era lo que fue antaño; parecía no acabarse nunca el invierno. Supongo que en todos sitios ocurría lo mismo. Hacía unos pocos días que habían cambiado la hora y aún no encajaba la diferencia horaria respecto a la luz a la que estaba acostumbrado.

Varias veces tuve que poner en marcha el motor del coche para que se me calentaran los pies. La fina lluvia que caía y el agua de los charcos que había pisado, cuando estuve comprobando la zona, me mojó los zapatos y sentía como la humedad me calaba hasta el alma.

Se suponía que aquella mujer debía salir a trabajar pero ya eran algo más de las nueve de la mañana y aún no lo había hecho. Yo llevaba desde las seis menos cuarto montando vigilancia a las puertas de su domicilio particular, frente a los nuevos edificios que se habían construido junto al nuevo estadio de fútbol del “Club Esportiu Espanyol”.

Resultó ser una zona fácil para estacionar y no me había costado encontrar un lugar donde situarme para esperar a que saliese y proceder a seguirla, pero ya se empezaba a hacer algo complicado estar en el interior del vehículo sin llamar la atención de los vecinos.

La zona contaba con la edificación de una de esas llamadas “gran superficie”, donde existe infinidad de tiendas de todas clases: bares, cafetería, restaurantes, el supermercado de una de esas inmensas cadenas y un montón de salas de cine que proporcionaban un exagerado trasiego de personas y vehículos que yo intuía, por la hora en que era, que se trataba de la gente que acudía a sus diferentes puestos de trabajo.

Sin duda alguna, ese tipo de construcción habría conllevado muchísimos inconvenientes a las personas que vivían en ese lugar; ya que, hasta entonces, prácticamente estaban viviendo donde se acababa el pueblo; teniendo únicamente frente a sus viviendas el campo, un montón de huertos y un pequeño complejo deportivo (el campo de rugby y las pistas de tenis) y de pronto se vieron viviendo en casi una de las zonas más concurridas de Cornellá. Aquello habría vulnerado sustancialmente su forma de vida, pero tampoco cabía ninguna duda que la zona se había revalorizado en mucho. Estaba totalmente seguro que aquello les habría comportado tanto beneficios como sacrificios a sus vecinos, pero también habría aportado cientos de puestos de trabajo para muchos de los ciudadanos de la localidad, y de localidades cercanas. Aunque hubiese una gran cantidad de personas descontentas, me daba la impresión de que había valido la pena.

Varié mi situación de plantón y continué con la  vigilancia, a la espera de que aquella mujer acabara saliendo de su casa tal y como sospechaba mi cliente; persona que me había informado respecto a que deducía que su “ex” debería estar trabajando de forma encubierta, haciendo limpieza en hogares particulares, aunque también me había reconocido que esa información la tenía desde hacía más de un año, con lo cual no estaba seguro de que pudiera dedicarse a los mismo. Me dijo que fue una conocida del matrimonio la que había visto a su mujer entrar en un domicilio particular donde sabía que estaba haciendo horas limpiando aquella casa.

Esas cosas pasan. Crees que tienes conocidos y que, al separarte, todos ellos pasan a odiar a tu ex (da igual que sea con el marido o con la mujer con el que tienen la amistad). Luego resulta que no es así. Esas mismas personas son las que se encargan de informar de tu vida actual, de tus nuevos novios o novias, de si llevas los niños al colegio y de si los recoges tu mismo o si le encargas esas tareas a terceras personas, ya sean familiares, amigos, o canguros. Esas personas, de alguna manera, se convierten en tus enemigos. No se comprende porque podemos ser así. No tiene sentido alguno, salvo cuando los niños son los perjudicados por tal comportamiento. En este caso en particular creo que no correspondía.

La pensión compensatoria que estaba obligado a pasarle mi cliente, era en concepto de la supuesta obligación que tenía como exmarido, debido a que, al separarse, ella alegó no tener ningún tipo de ingresos para poder vivir y cuidar de su hijo, por lo que el juez decretó una pensión para ella y otra para el menor.

Aquel hombre no protestaba por tener que pagar la cantidad señalada por la pensión respecto al hijo de ambos: un niño de tres años al que sólo podía ver cada dos fines de semana; desde las nueve y media de la mañana del sábado y hasta las ocho de la noche del domingo, hora en que tenía que volver a entregárselo a su madre; y desde las cinco de la tarde de cada miércoles, en que lo recogía del colegio para estar con él desde las cinco hasta la ocho de la tarde, hora en la que debía entregarlo en el domicilio materno para que éste pudiera cenar y acostarse pronto. La única posibilidad como padre de disfrutar de su hijo era esos “ratitos”.

Sin embargo si que se quejaba, pero de forma resignada, en que la vivienda que hasta para entonces era el domicilio conyugal, se hubiera convertido en el domicilio materno, según se señalaba en la misma sentencia judicial y del que él había tenido que salir con sus pertenencias personales, para llevárselas al piso de alquiler donde vive en la actualidad. No le parecía justo pero entendía que debía continuar así hasta que su hijo fuese mayor y se pudiera vender la casa.

Para mí esa situación me era muy peculiar ya que se trataba otra de tantas investigaciones que he tenido que hacer a lo largo de mis veintitrés años de actividad como detective, pero tengo que reconocer que aún, en cada una de ellas, me pregunto el por qué no podrían llegar a algún tipo de acuerdo más justo, situación que estaba seguro que se podría encontrar de no ser tan egoístas. Supongo que se trata de una debilidad del ser humano.

Aquel hombre, por lo que si estaba totalmente indignado era porque llevaba pagando dos años una pensión de trescientos cincuenta euros para una mujer con la que ya no vivía. El creía que eso no era justo. Por otro lado la pensión se la habían impuesto porque, en el momento de la separación, aquella mujer no tenía ninguna actividad laboral debido a que durante el matrimonio se había ocupado de las tareas de la casa y de su hijo para que él pudiera estar al frente del negocio que ambos habían montado. Lo cual, a mi entender, veía justo, aunque sólo en parte.

Aquel hombre no protestaba en continuar pagándole la pensión, salvo que ella le estuviera “estafando”, según el mismo manifestó. Entendía que si realmente ella estaba trabajando significaba que se podía valer por si misma; y si sus sospechas eran ciertas, y realmente trabajaba de manera encubierta, quería que le quitaran esa obligación, que no debería continuar pagando ya que ella tenía ingresos, y que lo hacía así porque quería seguir sacándole el dinero sin más. A eso, era a lo que no estaba dispuesto.

Más tarde, cuando eran las nueve y diez, vi salir de su casa a aquella mujer. Se dirigió caminando hasta la calle Francesc Layret, donde llegó hasta un lugar de la calle donde estaba estacionada una furgoneta.

Se trataba de una furgoneta de color blanca. Sin ningún distintivo. El vehículo, según rezaba por su matrícula, no tenía más mucho más de dos años.

Aquella mujer se subió al coche y lo puso en marcha, circulando por varias calles hasta llegar al Paseo de los Ferrocarriles Catalanes, donde se detuvo cerca de la estación de tren.

En aquel lugar permaneció detenida unos minutos. Mientras, la observé haciendo unas llamadas de teléfono con su teléfono móvil y tomando unas notas en una libreta.

La afluencia de personas que entraban y salían de la boca de la estación era tanta que casi se me pasa por alto el ver como dos mujeres se subían en la furgoneta.

Con esas dos mujeres a bordo, mi objetivo se puso en marcha, dirigiéndose por el mismo paseo de los Ferrocarriles Catalanes hasta llegar a la calle de Dolores Almeda por donde tomó hasta llegar a la esquina de la calle Teodor Lacalle.

En ese lugar, tras detenerse, observé que se bajó y que también lo hizo una de las mujeres que había subido al vehículo, acudiendo las dos a la parte trasera del coche y abriendo sus puertas.

Fue ahí donde pude ver que las dos llevaban una especie de bata de trabajo de color verde, con la solapa del cuello, las mangas y los bolsillos de color amarillo. Me alegré, aquello sería, sin lugar a dudas, sus uniformes de trabajo.

Del coche sacaron diferentes utensilios de limpieza: un cubo y una fregona nuevos y, según pude ver, una bolsa donde llevaba varios trapos.

Aquella mujer se marchó hasta una empresa que había allí mismo, muy cerca, en la misma esquina. Justo en el momento en el que la mujer que yo estaba investigando se montaba en el coche, le comunicaba a su compañera que la recogería sobre las doce en ese mismo lugar.

Después de marcharse se dirigió hasta la Avenida Pablo Picasso, donde al llegar a la esquina de la calle Marià Fortuny se volvía a detener para dejar a la otra mujer, persona que también iba igualmente uniformada y que, tras coger otros utensilios del interior de la furgoneta, entró a realizar sus tareas de limpieza a una sucursal de la Caja de Madrid.

Durante el resto de la mañana, aquella mujer acudió a limpiar dos escaleras de vecinos y luego recogió a cada una de sus compañeras a las que llevó, después de comer, hasta otras empresas y oficinas que evidentemente debían tener esos servicios de limpieza contratados.

En aquellas tareas emplearon todo el día. Estuvieron trabajando hasta las ocho y media de la tarde y únicamente habían parado para comer.

Estuve vigilando a aquella mujer durante tres días más. En todos ellos hizo aproximadamente lo mismo. Acudió a diferentes empresas, oficinas y comunidades de vecinos donde las tres mujeres realizaron diversos servicios de limpieza.

Más tarde procedí a obtener información sobre aquella actividad y pude averiguar que la persona a la que me habían encargado vigilar, llevaba dos años efectuando ese tipo de trabajos. Añadiendo a mis investigaciones que le habían requerido tantos servicios que se vio obligada a tener que buscar la ayuda de dos amigas, a las cuales les proporcionaba trabajo desde hacía un año y medio.

Era tanto el trabajo que tenía que tuvo incluso que comprar aquella furgoneta, tanto para poder realizar los desplazamientos hasta los puestos de limpieza que tenía contratados, como para poder llevar a cabo el transporte de los utensilios y materiales que necesitaban para tales tareas.

Evidentemente todo resultó ser fraudulento y engañoso para que no se le pudiera descubrir su encubierta actividad. No había ninguna empresa detrás de ella y tampoco estaba de alta en la seguridad social. Ni tan siquiera pagaba el correspondiente autónomo ni se dio de alta en la cámara de comercio.

Según se pudo descubrir finalmente, a través del propio juzgado, resultó que ninguna de las tres mujeres estaba dada de alta en seguridad, las tres estaban separadas y otra de ellas también cobraba una pensión de su exmarido.

Durante esos años, aquella mujer había constituido “una sociedad ficticia”, lo que se llama una empresa “sumergida”. Todo ello con la finalidad de seguir cobrando de su ex-marido una pensión que ella creía merecerse sin lugar a dudas.

A partir de ese momento fue cuando ella tuvo mi descrédito por haber intentado aprovecharse de una sentencia que, a mi juicio, hasta ese momento, era justa.

Son en esos momentos en los que veo que, en las separaciones, tanto por una parte como por otra, cada uno intenta beneficiarse y sacarle todo lo que al otro.

Cuando me contratan para este tipo de servicios, nunca entro a valorar a quién estoy realmente ayudando o a quién puedo estar perjudicando. He podido comprobar por mi mismo que, en estos casos, cuando uno de los dos tiene la más mínima oportunidad engaña a la otra parte, e intenta arrebatarle lo máximo posible o a concederle lo mínimo, cueste lo que cueste y a cambio de convertirse en una “mala persona” contra al que también llama y le recrimina ser “mala persona”.

Mi misión es simplemente darle a mi cliente las pruebas que necesita para que pueda conseguir su fin. No entro, jamás, para nada, en teorizar si tiene razón o si es justo o no. Creo que nunca lo es por ninguna de las partes. Opino que hay muchas ocasiones en las que sólo es uno el que tiene medios y oportunidades para aprovecharse del otro, incluso con la única mal sana intención de destrozarlo, pero ninguno de los dos se salva de mi concepto. El odio se palpa. Al final nunca gana nadie. Los dos pierden siempre.

Aquella investigación había salido como otras  tantas. Mi trabajo había acabado y mi cliente consiguió lo que pretendía, iba a poder probar que sus sospechas eran ciertas. Estaba confirmado.

Le llamé por teléfono y le adelanté toda la información al respecto. Quedamos en que al día siguiente le llamaría, cuando tuviese el informe terminado, y que quedaríamos para que se lo pudiera hacer llegar.

Él hacía más de un año que se había marchado a vivir Valencia, lugar donde había constituido una nueva vida con otra pareja.

Cuando le llamé para decirle que tenía el informe definitivo, me dijo que podría entregárselo personalmente, aprovechando que tenía que desplazarse hasta Barcelona para un tema de negocios y para hablar con su abogado (el que le llevaba el tema de la separación).

Quedamos en vernos en el vestíbulo del Hotel Novotel de Cornellà, donde se hospedaría y donde estaría unos tres días.

Dos días después, el viernes 13 de mayo, me dirigí a la Almeda de Cornellà donde se ubicaba ese hotel donde me había dicho que se alojaría. Me presenté, como de costumbre, diez minutos antes de la hora. Me gusta ver, sin que me vean a mí, como llega la persona con la que he quedado y como se comporta. Es una manía, pero así no tengo sorpresas; sobre todo cuando no la conozco físicamente.

Cuando entré en el vestíbulo del Hotel, aprecié un cierto revuelo. Dos Mossos d’esquadra y un agente de la Policía Local de Cornellà estaban hablando con el Director del Hotel.

Cerca, en una zona donde había varios sillones a modo de zona de reunión, estaban sentados dos hombres. Parecían clientes. Me acerqué a ellos y escuché que estaban hablando de lo que allí pasaba, o mejor dicho había pasado.

Les pregunté, mostrando extrañeza, y me informaron de que la policía había venido porque habían encontrado un hombre muerto dentro de su propio coche, en el aparcamiento del hotel.

Por un momento se me pasó por la cabeza que podría tratarse de mi cliente, pero quise pensar que no sería así.

Me dispuse a esperar a que él acudiera a la cita mientras observaba a mí alrededor por si descubría algo más de aquel intrigante suceso.

Pasaban cinco minutos de la hora convenida y aún no había acudido mi cliente. Empezaba a inquietarme, así que me desplacé hasta la barra bar de la cafetería y pedí un café.

Cuando el camarero me lo sirvió, aproveché para preguntarle, haciendo ver que ya conocía el suceso, y me dijo que había sido una movida espectacular, que el juez ya se había ido y que ya se habían llevado el cuerpo, que estaban esperando a que viniera la policía científica para tomar huellas.

Aquel camarero me informó que, según el Juez y el médico forense que había venido, todo apuntaba a un paro cardíaco, pero que querían asegurarse por si en la autopsia salía otra cosa.

– Nunca se sabe – dijo.  

Le pregunté si era un cliente habitual y me dijo que solamente sabía, por lo que había podido oír, que hacía dos días que había venido y que era de Valencia.

Quince minutos pasaban de la hora a la que yo había quedado con mi cliente. Él aún no había acudido. Había un muerto que hacía dos días que había llegado al hotel y que era de Valencia. Tenía todos los puntos a mi favor para adivinar de quién podría tratarse.

Si preguntaba por él en recepción y resultaba ser la persona que había fallecido en el aparcamiento, saltaría la alarma y posiblemente tendría que dar muchas explicaciones. No me importaba, pero iba a crearles a la policía muchas preguntas y sin duda un posible móvil si finalmente resultase que no hubiese muerto de forma natural.

Esperar a enterarme de ese detalle me pondría en un compromiso a mí. Mi demora en tiempo no sería beneficiosa si alguien pudiera tener conocimiento de mi reunión con él aquella mañana u de mi silencia habiendo estado en el lugar de los hechos. Podría habérselo comunicado a su abogado, incluso al propio recepcionista.

En mi cabeza rondaba que era difícil, pero no improbable, que el hubiese desvelado mi información y que alguien no quisiera que saliera a la luz. Podría tener mucho a perder.

Tenía que tomar una decisión. ¿Qué debía hacer yo en aquel caso? ¿Qué era lo más prudente? No estaba seguro si iba a obrar de la manera más coherente pero hice lo que creí que era lo mejor.

Nadie me pagó nunca aquella factura. Estaba claro que mi cliente ya no podía hacerlo. La decisión que tomé, al menos me quitó la preocupación de tener toda la vida la sospecha de si fue un asesinato o simplemente la mala suerte de tener un infarto. La "Ley de Murphy" está siempre de nuestro lado. 

Seguiré mojándome los zapatos cuando llueva, pasando frió en invierno y calor en verano, mientras consigo que no me descubran cuando hago mi trabajo y rezando no volver a tener problemas colaterales. Maldito trabajo.

FIN

LA CAJA DE LAS BRAGAS


La caja de las bragas

 
 El colchón no es nada cómodo. Me duele la espalda cada día al levantarme. Solo consigo dormir dos horas; tres como máximo. Me desvelo rápido y, aunque aquí el silencio es obligado, oigo toser y roncar. El roncar es involuntario, el toser no, o sí…, no lo sé. Dudo porque yo también toso para que nadie pueda intuir que me estoy masturbando. Necesito hacerlo para dormirme. Lo necesito cuando me engullo en las malolientes sábanas y se apagan las luces, o cuando me despierto a media noche o de madrugada. Lo hago mientras en la penumbra de la oscuridad alcanzo a ver la fría esquina bajo el insignificante respiradero donde está situado el trono de mis deposiciones, un monstruo de cerámica que en tiempos pasados su color pudiera haber sido blanco y que, como una abierta y mellada boca, me mira como si deseara engullirme hacia el más allá.

Me cuesta tanto reconciliar el sueño con mis pensamientos rebotando entre las paredes de mi ya escaso raciocinio, que a veces son hasta cuatro veces las que tengo que hacerlo. Siempre temeroso y alerta, cuidando que ese espeso y viscoso líquido, donde se albergan quienes podrían haber llegado a ser mis herederos, no se salga de la tira de papel higiénico con el que, a modo de capucha, me enfundo el miembro con la finalidad de evitar ser descubierto por los celadores cuando hacen el reconocimiento matinal de mi lúgubre estancia en busca de posibles medios de fuga o de meditado suicido.

En la enfermería, a la que pido ir a menudo para aliviar mi pesar, me dicen que las ojeras y mi delgadez son debido a la falta de descanso.

Ignorantes.

El tratamiento a base de Dormilina, y otras mierdas similares de las que me abastecen esos sanitarios que se sienten superiores únicamente por pensar que conocen por qué estamos allí, jamás ha funcionado. No hay manera. Es inútil. Nada me hace efecto.

Yo no quiero desvelarme. Yo quiero dormir, pero no puedo evitar hacerlo y sufro. Sé que, si mi mente descansara, yo podría hacer callar a esa otra voz, pero no tengo ayuda y solo no puedo.

Necesito un tratamiento que no tengo, que tendría si alguien conociese lo que ocurre en mi mente, sin embargo, puedo explicar el motivo. Aquí, en la cárcel, eso no se puede revelar.

 

 

*  *  *  *  *

 

 

Todo empezó a los seis años cuando la inocencia te hace creer que unos renos voladores y tres camellos que vienen de oriente son capaces de traerte lo que sueñas y a los que les puedes pedir la felicidad que pretendes encontrar.

Yo era un muchacho tímido, aunque muy aplicado en la escuela. Para entonces recuerdo que ya empezaba a escribir y que leía muy bien. Me viene a la memoria como si fuese hoy mismo. Me gustaba dibujar.

Mi madre era una mujer muy guapa, aun lo sería si su pena no se lo hubiese impedido. Sus ojos eran verdes como las cristalinas aguas del lago que colgaba en la pared de mi casa, pintado de forma basta y cuyo tapiz, medio doblado, se sujetaba gracias a un carcomido marco de madera cargado de diminutos agujeritos por los que algunas veces vi salir, volando, unos diminutos bichejos que a su vuelta volvían a hacer nuevos orificios.

Mi padre me llevaba todos los días al colegio. Me levantaba a las ocho, desayunábamos juntos y desde la escuela se marchaba a su tienda. Era el dueño de una casa de recambios. Todo el mundo que necesitaba una pieza para su moto se la compraba a mi padre. Era muy bueno conmigo y con todo el mundo. También con mi tía Cati.

Mi madre trabajaba en una fábrica envasando embutido. Siempre me traía unas rodajas de aquel salchichón que tanto me gustaba. Las traía envueltas, dentro del bolso, envueltas en una servilleta de papel porque decía que así no se secaba. Se levantaba a las cinco todos los días porque su turno empezaba a las seis y tenía que coger el autobús. Las manos siempre le dolían y se tenía que poner crema para que se le curasen aquellas grietas que a veces le sangraban. Cuando por las noches me acostaba, me acariciaba muy despacio hasta que me dormía. Lo hacía mientras, con su dulce voz, me contaba cuentos que yo me sabía de memoria.

Mis padres se separaron aquel mismo año.

Mi madre tomó aquella decisión porque se enteró de que mi padre la engañaba con su hermana –mi tía Cati–. Aun me viene a la memoria aquel día que me despertaron sus gritos. Mi madre se encontró mal al llegar al trabajo y volvió a casa enseguida.

La trajo su jefe.

Yo no escuché la puerta cuando llegó, solo oí sus horribles chillidos y su llanto cuyo lamento se me clavaba en el corazón como un puñal.

Cuando salí al pasillo, para ver lo que ocurría, la vi de pie en su habitación. Aporreaba una y otra vez a mi padre que, de pie y desnudo junto a ella, aguantaba aquellos golpes en silencio mientras me miraba con aquellos ojos que jamás entendí lo que su mirada quería explicarme. Mi tía Cati no decía nada, solo se tapaba con aquella sábana mientras recogía sus bragas del suelo. Unas pequeñas bragas rojas.

 

Nos fuimos a vivir a casa de mis abuelos. Estuvimos allí durante casi un año; hasta que mi madre alquiló un piso muy pequeño y nos marchamos los dos solos. Había flores en el balcón. Geranios que ella dejaba que yo los regase cada dos días por la noche; ella me explicaba que por el día no se podían mojar, que los rayos del sol pasaba a través de las gotas de agua que se quedaban pegadas a sus hojas como si se tratase de diminutas lentejuelas y las podía quemar. Me decía, mientras me acariciaba el remolino de mi flequillo, que las plantas eran como las personas y que también tenían que protegerse, que si no se las cuidaba se podían morir por dentro y secarse.

Ahora entiendo qué es morirse por dentro.

Yo me tenía que ir con mi padre cada dos fines de semana, y algunos miércoles me venía a buscar al colegio y me llevaba hasta un parque donde me dejaba jugar. Luego me buscó dos amigos para que no estuviera solo. Uno era más grande que yo, Julián, que siempre me mandaba y me quitaba los juguetes. El otro se llamaba Raúl, ese era más pequeño y lloraba continuamente. Tenía algo raro, no supe que era, no hablaba y jugaba solo. Eran los hijos de Teresa, la señora que vivía con mi padre.

Mi padre, que se llamaba Carlos y que ahora ya casi no me acordaba de su nombre, cada vez se olvidaba más veces de irme a buscar al colegio los miércoles, incluso algunos fines de semana tampoco me recogía. Me explicaba que no podía llevarme con él porque trabajaba muy lejos, aunque la tienda siempre estuvo en el mismo sitio y los días de fiesta nunca abría. Yo entonces no lo entendía.

En parte no me supo demasiado mal; Julián ya no me pegaría más, ni me quitaría mis cosas. Si yo me defendía Teresa me pegaba con la zapatilla y me castigaba. Mi padre nunca dijo nada.

A mi tía Cati ya no la vi nunca más. Me dio mucha pena. Era muy buena conmigo, todos los años me traía la palma y me regalaba una mona de chocolate y huevos de Pascua. Decía que yo era un tesoro, su tesoro y que me querría siempre.

Me engañó.

Al final se vino a vivir Juanjo con nosotros –con mi madre y conmigo–. Había sido militar y era muy fuerte, a mamá a veces la cogía del brazo y le hacía daño. Se rapaba la cabeza al cero y tenía muchos tatuajes. Uno, de una calavera que tenía en el cuello, me daba miedo.

Mi madre debía estar muy enamorada de él porque siempre hacía lo que él le mandaba.

Juanjo empezó a ser muy bueno conmigo, me cuidaba mientras mi madre estaba en la fábrica. Podía hacerlo porque él no tenía ocupación alguna. No tenía suerte, no le llamaban de ningún sitio. Siempre me decía que cuando ganase dinero me compraría una bicicleta y me enseñaría a montar. Se preocupaba de mí, me lavaba cada día en la bañera, muy despacio, con mucho cuidado y muy poco a poco. Me decía que siempre debía de estar muy limpio y oler muy bien, sin embargo él olía a sudor.

Juanjo y yo teníamos un gran secreto, un secreto que no lo podía compartir, ni siquiera con mamá. Como no se lo contaba a nadie me regalaba golosinas. Ese era otro pequeño secreto también.

Los primero años –al menos los que recuerdo hasta que cumplí los doce–, yo lo pasaba bien. Creía que era muy chulo tener aquellos secretos con Juanjo, pero luego me hacía daño y ya no quería jugar más con él. Me obligaba a hacer cosas que yo no quería y me amenazaba con contarle nuestro secreto a mamá. Yo cerraba los ojos e intentaba llevar cuidado en no hacerle daño a él con los dientes. Como no podía evitar las arcadas, a veces no me daba cuenta y pasaba, entonces me castigaba poniéndome sobre la cama, boca abajo. Yo intentaba no gritar mordiendo la almohada mientras él me hacía cosas peores, cosas que me dolían.

Todo se acabó aquel día que mi madre vio sangre en mis calzoncillos y, en vez de ir al colegio, me llevó al médico. No recuerdo que pasó con Juanjo, pero cuando llegamos a casa estaba todo removido. Mi madre me explicó que Juanjo se había ido para siempre porque había encontrado un trabajo muy lejos, pero me extrañó porque se llevó el ordenador y la cámara de fotos con las que me fotografiaba cada día, pero la ropa, los zapatos y otras muchas cosas suyas no. Todo lo dejó allí.

Unos días después mi madre lo metió todo en unas cajas de cartón y las tiró a un contenedor en la otra punta del pueblo, eligió La Fontsanta. Me dijo que era para que la aprovecharan otras personas a las que les hacía falta. Que Juanjo le había dicho que se las regalase.

Nunca más hablamos de él, mi mamá no quería y tiró todas sus fotos.

A partir de entonces tuve que ir, una vez al mes, a ver a un médico que me hacía hacer dibujos y me preguntaba un montón de cosas. No tenía una bata blanca como los otros médicos que yo había visto. Era un señor muy raro, pero muy bueno. Me hablaba my despacio y me miraba siempre cuando yo hacía los dibujos. Apuntaba cosas en una libreta.

Mis abuelos cada día me llevaban y me recogían del colegio, y estaba con ellos hasta que venía mi madre de la fábrica. Mi abuela me quería mucho, aunque, no sé por qué, siempre lloraba cuando me abrazaba. Mi abuelo siempre tenía los ojos mojados.

Los días empezaban a ser más bonitos y ya no me daba miedo ni vergüenza estar con otros niños y niñas del colegio. Bueno…, con las niñas sí, un poco.

Pasaron unos años y me hice mayor, tenía dieciséis cuando conocí a Irene, ella tenía quince. Me gustaba mucho pero yo a ella no.

Irene vivía dos bloques de pisos más allá de donde vivían mis abuelos. Tenía un pelo rubio muy largo que siempre llevaba recogido con una trenza muy gorda y un lazo azul en la punta –supongo que era para que no se le deshiciera–. Sus ojos eran verdes como los de mi madre.

Un día le dije que me gustaba y que quería salir con ella, pero me despreció. A ella le gustaba Manolo, un gilipollas de la misma calle que tenía una moto. El muy imbécil se creía muy fuerte y muy guapo, pero era un capullo con muchos granos en la cara.

Una tarde, cuando Irene subía para su casa, corrí y entré en la escalera detrás de ella. Le pedí de nuevo que saliera conmigo y me volvió a despreciar.

No pude remediarlo. Una rabia muy extraña salió de dentro de mí, me veía como un dragón que, furioso, echaba fuego por la boca y quería comerse a la princesa. La agarré por la trenza y la metí en el ascensor. Me miraba asustada. Le dije que si gritaba le cortaría el cuello. No recordaba el por qué ni el cómo, pero llevaba la navaja en la mano.

Subimos hasta el último piso y salimos a la azotea. La arrinconé contra los depósitos del agua. Mientras la miraba a los ojos vi su miedo. Lloraba asustada. Un llanto que quedaba apagado tras el ruido incesante y rítmico del goteo dentro de aquel depósito.

Plop, plop, plop…

Aquello me enloqueció aun más, desabroché su camisa con dedos torpes, cayendo varios botones al suelo. Cuando por fin lo conseguí, toqué pequeñas y duras tetas. Levanté su falda y vi sus bragas. Me estremecí. Sentí una cosa muy especial, creí que me desmayaba. Aquellas bragas rojas, pequeñas y ajustadas, con un corazón blanco que por momentos me pareció ver mis iniciales atravesadas por una flecha, me pedían que metiera la mano y acariciara lo que en ellas escondía. Lo hice. Fue la primera vez que veía algo así y no pude retenerme. Me gustó. Nunca había tocado nada parecido. Era suave como la piel de melocotón, Su vello parecía el de un bebé.

Ella no se movía, el miedo a que le clavara la hoja en el cuello no se lo permitía. Sus ojos estaban cerrados y sus párpados muy apretados. Temblaba.

Tuve que hacer fuerza para que sus piernas se abrieran y pudiera tocarla bien al tiempo que mi dedo se hundía dentro de su cuerpo caliente y húmedo como el agua de la bañera donde me sumergía Juanjo mientras me pasaba la esponja por mi espalda, mi pecho y mis partes.

Aun recuerdo hoy aquel momento con Irene. Mi entrepierna me dolía dentro del pantalón mientras crecía queriendo salir fuera. Me corrí.

Un calor recorrió todo mi cuerpo, subiendo desde los pies como si me fuese a quemar por dentro. No podía parar mi cabeza, volví a evocar aquellos momentos con Juanjo. Aquel olor a su semen. Aquel olor a un cuerpo que no era el mío.

Miré a Irene y vi en ella la angustia que yo había sentido todos aquellos años, una zozobra se reflejaba en ella como la de la avispa que cae en el agua y no puede volver a emprender el vuelo. La misma ira que yo había sufrido en silencio, la estaba sintiendo entonces frente a mí, como si se tratase de un espejo.

Lejos de sentir pena y compasión, noté una especie de venganza o de justicia, me pareció que con aquello hacía pagar lo mucho que yo había sufrido. Era una sensación muy extraña, me gustaba, sin embargo paré.

Miré sus bragas y vi manchas de sangre en ellas. La había arañado. No me di cuenta de lo que le había hecho. Yo era otro. No era yo.

La solté. Cayó al suelo abatida. La amenacé, le dije que si decía algo la mataría. Aquello no podía saberse.

La dejé allí y salí corriendo.

Mientras bajaba las escaleras tropecé varias veces. Los escalones me parecían muros inexpugnables, mis pies no controlaban el suelo.

Salí a la calle y me parecía que todo el mundo me miraba. Corrí hacia mi casa, solo corría y corría. Me seguían mis fantasmas, pero aquella voz empezó a decirme que por fin había empezado todo, que ahora era yo el dominante.

Cuando estaba cenando llamaron a la puerta y unos hombres, que hablaron con mi madre, le dijeron que venían a buscarme. Ella no entendía nada, solo lloraba mientras, tratando de agarrarme para que no se me llevaran, gritaba que no era posible.

 

 

*   *   *   *   *

 

 

El reformatorio estaba muy lejos y mamá solo podía ir a verme una vez al mes. La dejaban estar conmigo en un comedor, sentada frente a mí en una mesa en la que sus manos no llegaban a poder tocar las mías, separados de las demás mesas, donde otros compañeros del centro, estaban con sus padres o familiares. A mí solo venía a verme ella.

Otro de aquellos médicos sin bata, aunque aquí sí la llevaban cuando caminaban por los pasillos, me iban haciendo test de comportamiento, decían que para evaluarme. Si me portaba bien, y ellos daban el visto bueno, en muy pocos meses saldría a la calle y me podría ir a casa con mi madre.

Estuve dentro de aquellos muros durante un año y dos meses haciendo de jardinero, fregando suelos y platos. Comiendo una bazofia de difícil digestión y sufriendo castigos por desobediencia. Los más mayores decían que aquello era como la mili. Yo no sabía que querían decir.

Aprendí que en aquel lugar tenía que decir siempre la verdad de lo que pasaba dentro de mi cabeza.

­—Nosotros lo sabemos todo –me decían–. Lo que me pasó con Juanjo, lo que me pasó con Irene.

Trataban de curarme –me explicaban–, pero en verdad no sabían nada. No sabían que yo me masturbaba todas las noches pensando en las bragas rojas de mi tía Cati tiradas en el suelo de la habitación de mis padres, o en las de Irene llenas de sangre. No sabían que no podía dormir y que lo necesitaba hacer. No tenían ni puta idea de las veces que odiaba haber guardado el secreto de Juanjo. Yo les repetía siempre que de aquello no recordaba nada, pero sí que recordé lo que leí en la biblioteca respecto a los tratamientos de aquellos médicos de la cabeza, y lo que significaba cada uno de los trazos que se plasmaban en los folios que te entregaban para que dibujases. Siempre me gustó dibujar y me fue fácil, entonces aprendí a saber qué y cómo dibujar lo que yo quería representar. A partir de ese momento mis dibujos eran de jardines con muchas flores, soles grandes con muchos y largos rayos luminosos, rodeados de nubes blancas como bolsas de algodón que le acompañaban en cielos azules como el mar. Niños jugando en parques con columpios y toboganes, saltando y haciendo castillos de arena. Casas con una chimenea de donde salía un hilo de humo, con una gran puerta de madera, abierta y de donde partía un ancho camino que llegaba hasta un bosque de árboles floridos y muchos pajaritos.

Tardé en comprender lo que ellos necesitaban saber de mí, pero lo conseguí y al final le dijeron a mi madre que estaba curado y un juez me dejó marcharme con ella a casa.

Al salir de allí, fui directamente a vivir a otro pueblo, ella se había mudado unos meses antes. Me explicó mil razones, sin embargo, no comprendí ninguna de ellas. Seguía trabajando en el mismo lugar aunque le pillaba mucho más lejos. No quería volver al pueblo donde habíamos estado viviendo, ni siquiera para ir a ver a mis abuelos; eran ellos los que venían a visitarnos. Me creó un mundo nuevo y yo ignoré durante un tiempo el porqué.

Sin lugar a dudas, mi madre, para irnos a vivir, había buscado aquel sitio a conciencia. Lo tuvo que escoger por algo muy especial, pero, sin embargo, jamás lo reconoció. Era un pueblecito pequeño, cerca de la montaña. Ahora Cornellá nos quedaba muy retirado.

Eso fue otra de las cosas que entendí más tarde.

 

 

*   *   *   *   *

 

 

Mi cabeza se había serenado, igual que lo hacen las olas del mar cuando llegan a la orilla y se desvanecen en la arena. Un amigo de mi madre me buscó una ocupación en la que me pasaba ocho horas empaquetando pedidos para sus clientes.

Los días pasaron y fui haciendo, lo que ellos llamaban una vida normal. Conocí a chicos y chicas y salía a tomar copas con ellos. Alcancé la mayoría de edad y me convertí en una persona como cualquier otra, pero había algo allí dentro que explotó sin saber cómo.

Lucía estaba sentada en uno de los bancos de la plaza, leyendo tranquilamente mientras comía pipas y leía una de esas novelas tan cursis. Pasé cerca de ella y me di cuenta que su camiseta dejaba entrever un escote de donde asomaba la blonda de un sujetador de color rosa. Me senté frente a ella en otro de los grafiteados bancos de madera. Allí, junto a la fuente de donde las gotas de su grifo eran lamidas por un dálmata que, sin dueño, corría intentando coger a dos palomas que trataban de romper a picotazos un mendrugo de pan duro, la estuve observando.

Dentro de mi cabeza imaginaba el resto de su ropa interior y jugaba a adivinar si sus bragas serían del mismo color o de una tonalidad más fuerte. Quizás rojas.

La tarde invitaba a estar relajado, disfrutando de una lectura que yo no llevaba y de una paz de la que carecía. Mi pulso se aceleraba con mis pensamientos y el motor en mi pecho empezó a bombear más sangre de la que necesitaba para continuar vivo sin más.

La erección empezó y mi mente me dirigía sin que yo pudiera controlarla. Imágenes a mil por hora pasaban por delante de mis ojos como si se tratase de una película en diapositivas. Me encontraba ofuscado y sin ningún tipo de control. Me estaba volviendo a pasar. Quería acercarme a ella y tocarla. Traté de no moverme y luchaba para que se me pasase.

Ella no tardó en levantarse. Sin saber por qué, la seguí.

La casualidad, o quizá la fatalidad, hizo que aquella muchacha pasara por una zona poco frecuentada por el resto de la gente. Era un paso poco transitado, cerca del cementerio. Un lugar desolado que me hizo creer que se había dirigido allí expresamente para que pudiera tener la oportunidad de estar a solas con ella.

Aceleré el paso y cuando cruzábamos el pequeño parque, la alcancé.

Sin que se diera cuenta la agarré por su larga melena rubia y la obligué a que me acompañara hasta una zona arbolada. Olía muy bien, no sabía a qué porque no conozco colonias, ni fragancias, ni perfumes, y soy incapaz de retener en mi memoria olfativa a cuáles pertenecen cada uno de esos efluvios, sin embrago, su aroma se filtró por mi nariz con agrado. Era como si esa chica de ojos rasgados y labios carnosos estuviera cubierta por pétalos de rosa.

Fue la primera vez que llegaba tan lejos, como si hubiese tenido escondida dentro de mí a una fiera esperando ese momento que al fin le había llegado. No dejé que me mirase la cara en ningún momento. La hice que se tumbara en el suelo, boca abajo, y me arrodille sobre ella colocándome entre sus piernas. Mi pantalón ya lo tenía abierto y mi miembro, duro como una piedra, pedía llenar un hueco en sus carnes. Le subí la falda mientras le ordenaba que no gritase. La navaja con la que le había apretado el cuello segundos antes, insinuándole una muerte posible, le hizo comprender que debía estarse quieta y callada.

Sus muslos temblaban mientras yo escuchaba un apagado sollozo y su lamento silencioso rogándome que no le hiciera nada y que la dejase marchar. Pero no podía ser, no podía hacerme retroceder igual que yo tampoco pude convencer jamás a Juanjo para que no me hiciese nada y me dejase. Ahora era yo el que manipulaba la situación. Ahora era yo el que se estaba vengando.

Vi sus bragas y no pude resistirme. Las corté y me las guardé en el bolsillo. No lo adiviné, estas eran rosas.

La violé analmente. Ella me suplicaba y yo me excitaba más. Gemía intentando no ahogarse mientras yo apretaba su cabeza contra el suelo. Su boca abierta parecía tragarse la tierra que ella misma trataba de escupir junto con sus babas.

La excitación fue tal que me corrí enseguida. Aquella fue mi primera fornicación. Mi semen seguía saliendo y salpicaba sus glúteos y sus nalgas.

Quedó tumbada con los brazos abiertos en cruz. No me había fijado hasta entonces, sus uñas habían dejado los mismos rastros en el suelo que los tractores de labranza dejan tras pasar sus arados. Le volví a amenazar para que no se diera la vuelta. No dijo nada, no se movió. Me incorporé y me marché corriendo. No miré en ningún momento hacia atrás.

 

No había hecho nada malo –me decía a mí mismo–, tenía derecho a ello. Dentro de mi cabeza me bombardeaban las imágenes de todas aquellas veces que, tendido sobre la cama, miraba la ventana y veía como el viento mecía las hojas de aquel sauce que había frente a mi casa, en el jardín en el que nunca salí a jugar, mientras Juanjo me penetraba a la vez que susurraba “esto es nuestro secreto”.

Ahora era yo el que tenía ese poder. Ahora era yo el que tenía derecho a vengarme.

 

 

*   *   *   *   *

 

 

 

Pasaron varios días y no se comentaba nada. Nadie supo lo que pasó en aquel parque. Posiblemente a ella le debió dar miedo, o vergüenza, decírselo a sus padres. O tal vez le debió gustar y lo mantuvo en secreto. No sabía el porqué, pero aquello quedó allí, oculto entre los árboles que nos contemplaban detrás de aquellos matorrales mientras yo me desvirgaba por primera vez.

Todos los días recordaba aquel momento. Pensaba que el próximo tenía que ser mejor y que debía disfrutarlo más. Esa vez no me había dado tiempo, fue todo muy rápido y la excitación me pudo. Las masturbaciones las controlaba a mi manera, pero ese momento no. Se me fue de las manos como el agua lo hace entre mis dedos.

En adelante iba a ser todo mejor y más cuidado.

Empecé a planificar mis asaltos, me provine de una capucha, unos guantes, un pasamontañas y mi navaja. No tenía que correr el riesgo de que alguien me pudiera reconocer, no tenía que dejar nada con lo que me identificaran. Nadie me había tomado las huellas nunca, ni me había invitado a chupar uno de esos “isótopos” –así los llaman–, donde dejar mis babas para obtener mi ADN. Esa es la ventaja que se tiene al ser un menor. En adelante sería distinto, la edad te hace ser prudente y era mucho lo que había aprendido allí encerrado.

Miraba las bragas que, metida entre mis cosas, guardaba en aquella caja de cartón. Las tocaba y me motivaba, eran mis amuletos y quería tener más. Después salía a la calle, a mi campo de batalla, al barro donde debía enterrar todas mis rabias y saldar mi deuda. Tenía que hacerles pagar las consecuencias porque todos eran responsables.

Elegía las tardes apacibles y brillantes, donde la luz casi te ciega y las calles huelen a toda la pena y tristeza que arrastra la gente que deambula por ellas sin importarle la vida de aquellos con los que se cruzan. Apestan a la miseria personal de cada individuo que, aun careciendo de ello, tratan de hacerle creer a sus prójimos que son felices y muy afortunados. A la estupidez humana de todos aquellos que, a pesar de saber que les está robando el que han elegido para que le gobierne, no hacen nada para evitarlo. Esos momentos del atardecer eran los que yo prefería, cuando el sol se pone y está a punto de oscurecer. Buscaba los lugares y desde ahí vigilaba a las chicas que más me atraían de mi lista ya confeccionada. Lo hacía hasta encontrar a la que sabía que me iba hacer gozar de verdad y que estaba dispuesta a entregarse para lograr mi finalidad.

El aire me parecía siempre fresco mientras esperaba a ver cuál era la elegida. Cuando la encontraba la seguía para saber dónde se dirigía y asegurarme que no iba a tener ningún problema. Lo planificaba.

Durante unos meses fueron varias las chicas a las que había seleccionado, no lo recuerdo con exactitud; quizás seis, tal vez siete. El caso es que la lista ya me parecía larga y debía empezar a elegir a mi siguiente víctima entre esas afortunadas. Me sentía un profesional y así las quería llamar: víctimas. Al último al que debía engañar era a mí, y ellas iban a ser igual de víctimas que lo fui yo durante tanto tiempo.

Nadie supo nunca lo que yo sufrí. Nadie se dio cuenta de lo que hicieron con mi vida; ni los unos ni los otros. Todos son responsables. Me encerraron por ello, pero no hicieron más que abrirme los ojos. Ahora era yo el que los iba a poner en jaque. Ahora era yo el que iba a jugar con ellos. Si son capaces…, que me descubran. Los estaba retando.

Callejones, ascensores, polígonos y zonas poco frecuentadas fueron mis lugares elegidos para abordarlas. Algunas con penetración, otras no. El miedo a ser pillado o la resistencia de algunas me impidieron disfrutar completamente, pero me iba profesionalizando. Cada vez estaba más seguro de lo que hacía, corría menos riesgos y el placer se duplicaba. La mezcla de orgasmo y resarcimiento me llenaba.

Lo necesitaba cada vez más, ya no podía aguantar solo con masturbarme, necesitaba soltar mi rabia en ellas, no era únicamente una función orgánica, era algo más. Las voces que había dentro de mí me lo pedían y yo…, no podía más que obedecer y corresponderles.

 

 

*   *   *   *   *

 

 

Se empezaba a escuchar que había un violador por el barrio y tuve que cambiar la forma de darles a mis chicas el placer que necesitaban. No podía dejar que me pillaran y que ellas perdieran esa oportunidad. Se lo debía.

Durante algo más de dos años, fui coleccionando todas aquellas bragas.

Era un ciudadano ejemplar y el trabajo de envolver pedidos se había quedado corto. Para entonces mi misión había pasado a repartirlos, por lo que me tuve que comprar una furgoneta. Eran muchos los clientes a los que atender y eso me servía para moverme por muchos lugares; incluso por muchos pueblos. Amplié mi zona de captación de objetivos, y no me refiero a los laborales.

Meter a las chicas en el vehículo no era empresa fácil y tuve que recurrir al cloroformo, aunque, algunas veces, incluso hasta eso me resultaba complicado: Yo no soy un tipo demasiado fuerte, mis veinticinco años no me habían provisto de un cuerpo atlético y ni siquiera alcancé a medir el metro sesenta. Para colmo, mis escasos cincuenta kilos no me hacían sentirme capaz de enfrentarme a los cuerpos que me apetecían. Mi delirio por las mujeres con cuerpos redondos, culos notables y pechos voluminosos jugaba en contra de mis prestaciones físicas, ese era el tipo de hembra que me atraía y no estaba dispuesto a declinar en ello. Esas carencias las compensaba con mi sutileza a la hora de manejar la navaja y la rapidez que adquirí a la hora de cubrirles la boca y la nariz con el pañuelo que previamente rociaba con aquella esencia mágica con la que las aletargaba y las convertía en unas fieras sumisas.

Me había sofisticado en la forma de ejecutar mis acciones. Encontré un lugar apartado, cercano a un canal en el que solo se podían encontrar aquellas asquerosas ratas tratando de roer las lamentables traviesas que sujetaban el escaso techo de aquel viejo molino en el que, días pretéritos, sus aspas eran movidas por el impulso de las aguas que torrencialmente bajaban por el cauce artificial y que ahora apestaban.

Allí, sobre una prefabricada mesa de amor, a base de tablas y cartones, las colocaba y gozaba con ellas mientras placenteramente imaginaba que soñaban con supuestos príncipes que les prometían hacerlas reinas de telas con las que cubrir y lucir sus cuerpos, coronadas como mises en un pase de modelos. Sin embargo, era yo el que las poseía, el que lamía sus cuerpos desnudos, el que mordisqueaba sus labios genitales y sus negros pezones, el que ahora las penetraba sintiéndome merecedor de tales premios y compensando los infortunios que me había deparado mi desgraciada vida en la que nadie reparó en mí, en la que mi secreto con Juanjo fue la tortura de mi propio destino.

 

 

*   *   *   *   *

 

 

En estos momentos no recuerdo si fui yo mismo el que empezó a romper las reglas del juego. No soy capaz de sospesar con diligencia exacta si los errores cometidos fueron intencionados o, si mi otro yo, logró embaucarme en considerar mi cuenta saldada y poner a su disposición aquello con el que pudieran atraparme, con el que pudieran saber que yo era el verdugo y lograran al fin encontrarme.

Una lucha interna entre aquellas dos incesantes voces me hacía volver loco a pasos agigantados. Una voz me solicitaba continuidad y la otra me obligaba a interrumpirlo todo, a desenmascararme.

Me divertía saber que me buscaban, pero odiaba que me tildaran de asesino violador.

Un demente, decía la prensa.

Ignorantes.

Nunca fui un asesino, fueron daños colaterales. Nunca fui un violador, igual que jamás lo llegó a ser Juanjo –que yo sepa­–. Y por supuesto, jamás he sido un loco. Todos vosotros me habéis creado, con vuestras leyes inútiles, incapaces de ver el problema desde su nacimiento. Vuestra es la responsabilidad.

¿Tan difícil es saber que un niño está sufriendo en silencio?

Dónde están esos psicólogos que solo tratan de averiguar que existe un problema cuando el problema no tiene solución. Por qué no existe un control donde se pueda detectar que ese problema se está generando y tratar de evitar que esos inocentes sufran y que después quieran hacer pagar su sufrimiento sacrificando a nuevas víctimas.

 

Ahora estoy pagando una condena por el único error cometido. Solamente un error con el que me habéis podido juzgar. Conocéis un solo nombre de mi lista de dieciséis mujeres y os creéis orgullosos mientras el resto todavía clama una justicia idéntica a la que yo hubiera querido recibir entonces. Inútiles. Yo os lo he marcado para poder descansar. Yo he sido el que me he atrapado no vosotros.

El colchón no es nada cómodo y me duele la espalda cada día al levantarme. Apenas consigo dormir y toso para disimular mis masturbaciones. La Dormilina no me hace efecto y os pido a gritos un tratamiento que no me dais, un tratamiento que me haga apagar esa otra voz que no domino y que me sigue pidiendo venganza.

Ya he cumplido diez años en esta miserable estancia que sigue oliendo a hijos muertos asfixiados en papel higiénico.

Únicamente me quedan diez días para volver a ser libre, aunque sin libertad, y no pienso desvelar mi secreto.

La calle me espera y mis chicas aguardan ansiosas que vuelva a dejar mis masturbaciones entre estas asquerosas y malolientes sábanas carcelarias.

Vosotros seréis los culpables de que yo alargue de nuevo esa lista.

Volveré a abrir mi caja con todas aquellas bragas. Aunque no todas sean rojas.

 

 


 

-  F  I  N   -

LA NIEBLA DE CAN MERCADER


La niebla de Can Mercader



 

Suena el teléfono y me dispongo a cogerlo. Miro la pantalla de mi móvil y veo que se trata de un número privado. ”No sé para qué narices llama la gente con teléfono oculto” ―me digo a mi mismo―. Opino que la gente que no se identifica es que algo esconde. Pero en fin, el trabajo es el trabajo y el horno no está para bollos. No es una buena situación para rechazar ninguna llamada.

― Dígame.

― Hola ¿es la agencia de detective?

Siempre me hago la misma pregunta: ¿De dónde sacarán el número que no están seguros de estar llamando a un detective?

― Sí señor. Dígame.

― Mire, quería que me dijera cuánto me va a costar seguir a mi mujer. Se trata de un tema matrimonial.

Supongo que aquella persona necesitaba aclararme que cuando se tiene que vigilar a su mujer es porque se trata un tema matrimonial. Por si yo no lo supiese.

― Bien ningún problema ―le dije―, pero el precio dependerá de cuántas horas o de la cantidad de días tenga que hacerse ese trabajo.

Después de una media hora al teléfono explicándome todos los detalles de cómo y por qué había llegado su matrimonio a esa fase y de cómo había llegado a sospechar, sí, a sospechar, de que su mujer le estaba engañando con otra persona, empezó a explicarme lo que yo le había preguntado al principio: los horarios en que tenía que efectuar aquella vigilancia y desde dónde tenía que iniciarla.

Una vez conocidos todos los datos pude darle un coste aproximado de lo que iba a tener que pagarme por aquel servicio y, aunque a regañadientes, porque decía estar en el paro y no tener una situación económica demasiado boyante, aceptó.

Nos pusimos de acuerdo para que me pasase una fotografía de su mujer por correo electrónico y algunos detalles más que eran de mi interés para iniciar el caso cuanto antes.

Me pidió que tenía que empezar esa misma tarde ya que su mujer le había explicado que, después de salir del trabajo, tenía que ir con una compañera de trabajo a efectuar unas compras a El Corte Inglés de La Almeda, porque era el cumpleaños de otra de sus compañeras y habían acordado hacerle un regalo en conjunto; después, desde allí, se irían a tomar algo y ella volvería a casa ya cenada.

Esa era la sospecha que tenía.

Él estaba totalmente seguro de que ellas no iba a ir a comprar con la amiga, de que aquello era una excusa para verse con alguien, porque había notado que, últimamente, su teléfono recibía demasiados mensajes, que ella borraba automáticamente después de haberlos leído a escondidas.

Eran las siete de la tarde cuando me situé en las inmediaciones de la librería Abacus, mientras esperaba que ella saliese de la asesoría en la que trabajaba como contable. Desde allí la vería perfectamente y pasaría totalmente desapercibido, sin que nadie notara que yo estaba haciendo una vigilancia.

Cuando en mi reloj dieron las siete y media, vi como salía mi investigada por la puerta de su trabajo, y que lo hacía acompañada de otra mujer de su edad. La verdad es que si no hubieran salido juntas, podría haberlas llegado a confundir: el mismo peinado y color de pelo, el mismo estilo de ropa y, para colmo, ambas con un bolso muy parecido. De cerca ya podía diferenciarlas, pero me tuve que aproximar bastante más de lo previsto para identificar cuál de las dos era mi objetivo.

Caminaron hasta la calle República Argentina y llegaron al lugar en que tenían estacionada una motocicleta. Comprendí que sería de la otra mujer ya que mi cliente no me había dado noticias de que su esposa pudiera tener ese vehículo, ni ningún otro.

Vi que la compañera sacaba unas llaves y abría el asiento del que sacó dos cascos, para que cada una de ellas se colocara el suyo. Por mi parte, yo ya me había apresurado a poner en marcha mi motocicleta, que la tenía a pocos metros.

Después de un par de minutos de colocar cuidadosamente el pelo dentro del casco, para no despeinarse demasiado, se pusieron en marcha en dirección a la Plaza de Cataluña. Luego cogieron la Avenida del Parque y se desplazaron en dirección al Eroski, luego tomaron por  la calle Rubio y Ors por donde llegaron a La Almeda.

Tomaron las rotondas de la Carretera de L’Hospitalet muy despacio, y se veía que la conductora no debía estar acostumbrada a llevar “paquete”, porque se la notaba excesivamente prudente y asustada.

Cuando llegaron a El Corte Inglés, estacionaron en una de las esquinas, sobre la acera. Se quitaron el casco y después de guardarlo bajo el asiento de la moto, emprendieron la marcha a pie y entraron en el centro.

Me preguntaba si aquella situación era el engaño que suponía el marido o si realmente mi investigada iba a realizar aquella compra y luego se reuniría con el supuesto amante. De momento no me lo parecía pero debía esperar acontecimientos, en mi trabajo nunca se podía dar nada por hecho.

Me hicieron patear cada una de las plantas de toda aquella superficie comercial. Por mi parte, fui jugando a tratar de averiguar qué tipo de regalo iban a comprar. La verdad es que, durante los casi tres cuartos de hora que permanecimos allí dentro, no logré llegar a ninguna conclusión. Visitaron todo tipo de secciones, tanto de caballero como de señora, la planta joven, la no tan joven y, por supuesto, por zapatería. Hasta dieron un paseo por la librería, para mi sorpresa.

Finalmente, compraron un par de sudaderas deportivas que empaquetaron por separado, indicando a la dependienta que se las envolvieran bien para regalo.

Cuando acabaron, cada una con su bolsa, se dirigieron hacia la salida. ― ¡Eureka! ―grité para “mis adentros”―, por fin de nuevo a la calle. Quería acción y allí no la iba a encontrar.

Una vez en la calle, se encaminaron hacía donde había estacionado la motocicleta, así que yo me aligeré en ir hacia la mía. Tenía que prepararme para salir detrás de ellas.

Cuando ya estaba montado en mi moto, y ésta puesta en marcha, observé cómo metían las bolsas en el arcón de su moto, pero no vi que cogieran los cascos que habían dejado bajo el asiento.

Cerraron el arcón de la moto y se dirigieron, a pie, hacia la calle Teodoro Lacalle. Tuve que darme prisa, apagar mi moto y volverla a aparcar de nuevo. Me quité el casco, lo metí en mi arcón y salí corriendo, creí que las perdía de vista.

Cuando llegué a la esquina de la Avenida Pablo Picasso con Teodoro la Calle, dejé de verlas. ¡Habían desaparecido!. Miré a un lado y a otro de la calle, pero ni rastro. Sabía que estas cosas pasaban, no era la primera vez, pero aquello había pasado demasiado rápido.

De repente caí en la posibilidad y miré dentro de la cervecería que había a mi espalda, en aquella misma esquina, y, sí, allí estaban. Tan graciosas, tan simpáticas, ajenas al mal rato que yo acababa de pasar., apoyadas en la barra, hablando con el camarero mientras ojeaban una carta.

Se trataba de la Cervecería-Brasería “Nuevo Milenio” y el hecho es que cuando leí el nombre se me pasó por la cabeza, por un momento, que era un nombre sugerente, le daba realidad al hecho de que habían desaparecido allí dentro. Cosas de la casuística, pensé.

Como supuse que iban a comer, me metí en el bar y me senté en una mesa, justo en la que estaba detrás de ellas, al lado de la puerta. Desde allí las oía perfectamente hablar con el camarero que las estaba atendiendo.

Pidieron unas hamburguesas y yo entonces me levanté y a otro camarero que había en la misma barra le pedí una caña de cerveza y un pincho de tortilla. Pagué en cuanto me lo sirvió y me volví a sentar en la misma mesa, con la intención de tomarme aquel aperitivo mientras esperaba a que ellas comieran. Nunca se sabe si luego podrás comer...

Había escuchado lo que pidieron, pero no escuché el pedido completo y me sorprendí, estando yo tan a gusto disfrutando de mi trozo de tortilla de patatas y mi caña, cuando vi cómo les entregaban las dos supuestas hamburguesas envueltas en papel de aluminio y se las metían en una bolsa, junto con dos latas de cola. Pagaron y salieron de aquella cervecería.

― ¡Jolín! ―exclamé con cierto disgusto―. Hoy no tengo el día, estas dos me volverán majara. No doy una con ellas.

¡De nuevo a la carrera! Me tragué el trozo de tortilla que me quedaba y le di el último trago a la cerveza, engullendo como un pavo. Me dio por reírme de mí mismo. No daba crédito a lo que me estaba pasando en aquel caso.

Cuando salí, vi que se encaminaban por la Avenida de Pablo Picasso hacia la Carretera de L’Hospitalet. Mientras iba caminando detrás de ellas comprobé que al final de esa avenida, justo una esquina antes de llegar a la carretera de L’Hospitalet, cambia de nombre y pasa a llamarse calle Zamora. Hasta ahora no me había dado cuenta; y eso que nací a tres calles de ahí.

Me hacía cruces. ¡Qué cosas tan raras me estaban pasando ese día! Además, para más INRI, todas juntas…

Ellas cruzaron la carretera y se adentraron en el Parque de Can Mercader.  Por un momento, pensé que, aunque todo era muy raro, era posible que se tranquilizase el asunto. Todo apuntaba a que se iban a comer las hamburguesas allí, paseando, pero no quería adelantarme a pensar cuales iban a ser realmente sus intenciones: estaba fallando todo hasta ese momento y nada salía como, a priori, sería de esperar.

Pasearon por el lado derecho del parque, siguiendo los raíles del tren en miniatura. No había mucha gente y la poca que había, caminaba en sentido opuesto a nosotros, como queriendo marcharse del parque.

Por lo visto, las dos mujeres, decidieron que no querían que se les enfriase la cena, porque cuando llegaron a la parte que da con el Camí de Cal Vidrier, se sentaron en un banco con la intención de saciar su poco o mucho apetito.

Yo tenía un lugar privilegiado para grabarlas, detrás de unos matorrales, sentado en otro de los muchos bancos que hay dentro de ese maravilloso lugar. Empezaba a pensar que quizá se me empezaba a ponerse las cosas de cara, ya que, hasta ese momento, no había sido así.

La grabación era buena y cómoda. Estaba disfrutando de ella mientras pensaba en mi cliente. Me preguntaba por el cómo iba a tomarse que aquella mujer sospechosa de engañarle, estaba disfrutando de un paseo y una merienda con una amiga, compañera de trabajo y que, lo de las compras, era cierto.

― Yo, a lo mío ­―pensé.

Seguí grabando para poder tener imágenes suficientes como para demostrarle a mi cliente lo que yo le iba a decir.

Pero de pronto…

― ¡Coño! ―me dije mientras me aseguraba de lo que estaba viendo.

¡Mi investigada estaba besando en la boca a su compañera, mientras aquella le acariciaba la nuca!

Continuaron así durante un buen rato, incluso me dio tiempo a situarme más cerca, en una especie de isleta ajardinada, donde había un enorme matorral que me permitió meterme totalmente dentro de él y poder grabar con mayor libertad, sin que me pudieran ver.

No me extrañó el hecho, lo había visto ciento de veces. Pero aquel día no me lo esperaba, nada había hecho presuponer que ocurriría algo parecido.

Realmente aquel día era raro de narices. Por nada del mundo hubiera previsto lo que me estaba ocurriendo, en todos los sentidos. Empecé a pensar que una fuerza diabólica estaba sobre mi, torciéndome el día.

Seguí observando con la cámara preparada por si se producía de nuevo otro momento cariñoso. Ahora había cambiado toda mi opinión respecto a lo que le iba a contar a mi cliente. Ahora sí tenía que darle la razón, aunque no como él la imaginaba. No sabía si le iba a gustar más de esta manera. Creía que no.

De nuevo empecé a creer en la mala suerte de aquel día. No era demasiado tarde pero una nube negra empezó a amenazar lluvia o al menos le quitó prácticamente toda la luz a aquella tarde, que empezó a oscurecerse muy rápidamente. Demasiado rápido, a mi juicio.

La cámara empezaba a indicarme falta de luz. Debía acercarme algo más pero no podía, me podrían ver y sería peor. De todas formas ya tenía imágenes que demostraban aquella relación entre ambas.

Miré hacia arriba para ver las nubes negras que habían oscurecido en su totalidad todo el cielo y que de repente pareció ser mucho más tarde de lo que realmente era. No era una nube, era como una capa oscura que, además, se complicaba con una neblina también oscura, de un intenso color violeta.

Me repetía incansablemente que aquel día se había puesto a demostrarme que no era un día normal. Me estaba jugando una mala pasada detrás de otra. Después de todo lo que me había ocurrido, de golpe, aquella niebla sin sentido empezaba a situarse en el suelo del parque, las copas de los árboles ya no se distinguían. De las dos mujeres empezaba a ver solamente su silueta. Estaba a punto de dejarlas de ver, pero aún las distinguía y podía detectar como ellas se abrazaban fuertemente y se miraban. Descubrí que aquella forma de mirarse y de cogerse no era parte del idilio que habían empezado a mantener entre ellas aquella noche. Era fruto del pánico que estaban pasando y que las inmovilizaba de tal manera que se habían quedado pegadas al asiento de piedra sobre el que estaban sentadas.

Yo quise seguir agazapado entre aquellos arbustos. Estaba asombrado y no sabía bien a qué se debía aquel estado del tiempo. Por mi cabeza pasaron rápidamente varias hipótesis, como que estuviesen quemando matorrales cerca de allí o alguna cosa parecida, pero nada de lo que pensaba me daba una respuesta válida. No olía a nada, no era una niebla normal. Había visto muchas nieblas espesas trabajando en Lérida y no se parecía en nada a esta.

De pronto una luz intensa, blanca, como si se tratase de una antorcha de iluminación o un foco incandescente, se posó sobre aquellas dos mujeres. Era extraño, pero no venía de ningún lado, solamente las iluminaba a ellas dentro de la espesa niebla.

Las dos se abrazaban fuertemente y una de ellas se agazapó bajo la otra, escondiendo la cabeza, atemorizada y gritando. La otra trataba de resistir su miedo, mirando a un lado y a otro sin llegar a ver nada. Ninguna de las dos tenía ni el valor ni las fuerzas de levantarse y salir corriendo de allí. Yo tampoco.

Frente a ellas, a poco más de un metro y medio, se empezó a despejar la neblina, como si se abriese de una puerta. De ella empezó a brillar una luz que cada vez se veía con más intensidad, subiendo desde un color blanco amarillento hasta un intenso color violeta. De esa luz salió una figura que yo no llegaba a distinguir con total claridad. Era una figura extrañamente animada…

Cuando aquella especie de sombra salió de la luz ya distinguí mejor que tenía figura humana. Las películas que había visto me animaban a pensar que debía tratarse de un extraterrestre, pero yo no daba crédito. No me parecía posible, aunque lo estaba viendo con mis ojos. O eso creía yo.

Aquella cosa salió de la luz y se acercó hasta ellas que, en esos momentos, no podían ver lo que les iba a ocurrir. Las dos tenían sus caras tapadas, la una contra la otra, fuertemente abrazadas, temiendo lo que les pudiera suceder.

Aquella intensa luz y la gruesa neblina no me dejaban distinguir aquel cuerpo. Parecía medir más de dos metros y medio de altura, bastante delgado, con unas piernas muy largas y unos brazos que le colgaban más allá de lo que parecían ser sus rodillas. No se le distinguía el cuello y de los mismos hombros le salía algo como una cabeza, pero con una forma similar a la de una pelota de rugby. En el centro de la cabeza se intuía un gran ojo y no parecía haber rastro de boca o nariz.

Yo, ni podía ni quería moverme. No sabía si “aquello” podía tener conocimiento de mi presencia, agazapado en aquellos matorrales, pero no tenía ninguna intención de ayudarle a que lo descubriese.

De pronto, le puso a una de las chicas una de sus manos sobre su cabeza e inmediatamente hizo lo mismo con la otra. Ellas estaban totalmente inmóviles, sentadas en aquel banco formando una sola figura.

Aquella cosa levantó a la misma vez sus manos, con sus brazos estirados, y las colocó sobre sus cabezas. De inmediato empezó a subir los brazos y hasta que sus cuerpos quedaron totalmente colgados. Era algo insólito y muy extraño, con la palma de la mano abierta apoyada en cada una de las cabezas, sin agarrarlas las estaba manteniendo totalmente suspendidas en el aire y sin que tocaran el suelo. Las dos permanecían rígidas, con los brazos colgando y los ojos cerrados, sin aparente sufrimiento. Ambas mostraban en su rostro un gesto de felicidad, la mueca dibujada por sus labios hacía creer que pudieran estar soñando algo encantador.

No pasaría más de un minuto en aquella situación cuando, de repente, sus cuerpos se iluminaron. Parecían dos tubos fluorescentes. Yo temía que pudieran estallar, por la cantidad de luz que irradiaban.

Sentía frío, las manos se me estaban quedando heladas. No sabía si era del miedo que estaba pasando o si realmente había bajado la temperatura. Estaba en una postura bastante incómoda pero no notaba ningún malestar, como si se me hubiera dormido el resto de mi cuerpo. No notaba nada. Seguí sin moverme aunque no sabía si podría hacerlo. Miraba fijamente intentando adivinar que iba a ocurrir a continuación, cuando empecé a notar que la niebla se disipaba y vi que la figura iba bajando los brazos lentamente, dejándolas en la misma postura desde la que las había cogido. Mientras, comprobé que a ellas se les iba desvaneciendo la luz de su cuerpo, volviendo a su estado natural.

Una vez las dejó en el banco, ellas siguieron juntas, abrazadas y con sus caras tapadas, pero aparentemente sin haber vuelto en sí. Aquella cosa se giró lentamente como si sus pies resbalasen en el suelo y volvió a encenderse el foco de luz del que había salido. Me pareció ver que de dentro de esa luz había otra figura como la suya, y “aquello” empezó a dirigirse hacia el foco.

La luz iba apagándose lentamente tras él, bajando su intensidad hasta convertirse en un punto blanco que permaneció flotando en el aire, a unos cuatro metros de mí, frente a las chicas, junto a las copas de aquellos árboles a no más de tres o cuatro metros de altura, hasta que, como si de una estrella fugaz se tratara, salió disparada hacia el cielo, serpenteando al inicio y trazando después una larga línea brillante, como de purpurina, y formando una cola de cometa que desapareció totalmente en el firmamento, mezclándose con las otras estrellas. La niebla se fue haciendo cada vez menos densa, lentamente, hasta llegar a desaparecer totalmente. La oscuridad también remitió hasta convertir el momento en una clara noche de luna llena en la que se podían ver todas las estrellas del cielo, incluso aquel punto que aún podía distinguir y que acababa de salir de aquel parque, de delante mismo de mis narices.

Observé a las chicas y, como si hubieran vuelto en sí sin saber lo que había pasado, las vi hablando entre ellas, incluso riéndose. Una de ellas sacó el móvil de uno los bolsillos de su chaqueta y exclamó:

― ¡Caramba! las once y cuarto! Vámonos, que a mi marido le dije que llegaría tarde pero no quiero llegar después de las once y media.

 ― ¡Si, vamos! ―le dijo la otra condescendiente y, mientras se ponían de pie, se besaban de nuevo en la boca. Como si nada hubiera pasado.

Empezaron a caminar cogidas de la mano. No había nadie en el parque. Incluso yo pensaba que podría estar ya cerrado. Salí de mi escondrijo y me incorporé para seguir detrás de ellas. Aún no salía de mi asombro, pues lo que había ocurrido no era normal. Por un momento pensé que me podría haber quedado dormido y que todo había sido un sueño. No me explicaba lo que me había parecido vivir. Me propuse filmar de nuevo la salida de aquellas chicas del parque cuando, de repente, me di cuenta que en la pantalla de la cámara estaban parpadeando una luz amarilla y una roja. La amarilla me informaba de que la batería estaba agotándose y que solamente quedaba un minuto de carga. La roja, indicaba que la cámara estaba grabando.

― ¿Grabando? ―me pregunté sorprendido.

No recordaba haberle dado al REC, aunque tampoco recordaba haberla apagado en su momento, pero entendía que así habría sido. Uno, normalmente, sabe cuándo graba y cuándo no.

Me extrañó, pero aproveché y les hice una pequeña grabación mientras caminaba detrás de ellas, justo en el momento en que llegaban a la puerta de hierro del parque. Estaba cerrada pero no con llave y ellas, tras abrirla, salieron al exterior y se dispusieron a cruzar la carretera de L’Hospitalet en dirección hacia El Corte Inglés.

Yo hice lo propio. Salí del parque, abriendo también la puerta y cerrándola una vez estuve fuera. La curiosidad me mataba e intenté abrir de nuevo, pero no pude. En ese momento la puerta pareció quedarse totalmente cerrada, como con llave y me fue imposible volverla a abrir. No quise pensar en nada y mucho menos en el porqué. Todo me parecía absurdo y me preguntaba si realmente estaba despierto o lo estaba soñando, como si estuviese viviendo una pesadilla dentro de mi vida real. Decidí seguir tras ellas y me dirigí hasta donde tenía mi moto porque ellas estaban llegando a la suya.

Yo las miraba mientras cogían sus cascos y se los colocaban en la cabeza, charlando tan amigablemente, como si nada hubiese pasado aquella tarde. Era incomprensible pero yo sabía positivamente que era cierto.

Una vez salieron por la misma calle Teodoro La Calle en dirección a Dolores Almeda, continuaron recto hasta buscar la Avenida de los Ferrocarriles Catalanes por donde tomaron por la Carretera del Prat y salieron a la Carretera de Esplugues. Circulaban como a la ida, muy lentamente. La mujer a la que yo estaba investigando iba fuertemente abrazada a la conductora. Independientemente de que algo de miedo podría llevar, yo sabía que no era solamente ese el motivo, que había veía otra intención.

Más tarde cogieron por la Avenida del Parque, por donde llegaron a la Plaza de Cataluña. Allí se detuvieron en un semáforo y aunque era bastante complicado, lograron poderse besar y yo logré poder grabar algo de ese momento, que por otro lado no pudo ser demasiado porque mi cámara de vídeo dijo que ya no seguía grabando más. Una vez más me quedó claro que aquel día no era normal.

El semáforo se puso en verde y continuaron la marcha por la calle de La Miranda hasta la Avenida de San Ildefonso. Al llegar a la esquina de la calle De La Dalia, se detuvieron y allí se apeo mi investigada. Noté que en ese lugar fueron más discretas. La evidencia era clara, tanto su domicilio como su puesto de trabajo estaban a pocos metros y podían ser vistas por alguien conocido. Le entregó el casco a su compañera, que se colocó en el codo y mientras la otra arrancaba y se marchaba por la misma Avenida de San Ildefonso, ella se dirigió hasta su domicilio, en el que entró poco después y cuando eran aproximadamente las once y media de la noche.

Mi trabajo terminó en aquel momento, justo cuando le ponía un WhatsApp a mi cliente en el que le decía textualmente: “En un minuto está en su casa, acabo de dejarla en la misma puerta. Mañana le cuento detalles”.

Sabía que lo dejaba en ascuas y que él, lo que seguramente querría sería saber, sería lo que había pasado. Sin duda querría saber si realmente se había visto con alguien con quien le pudiera estar engañando y si la excusa de ir con una amiga de compras era una mentira. Pero no podía explicárselo con un mensaje y realmente mi cabeza no estaba para explicaciones en ese momento. De hecho, yo tampoco tenía claro lo que había visto o había dejado de ver aquella tarde. Nada de lo que me pareció ver era real y tenía que llegar a mi casa y tranquilizarme para rebobinar, tanto mi cabeza como mi grabadora de vídeo.

Directamente me fui a mi despacho. No estaba demasiado lejos por lo que no me costó llegar más de cinco minutos. Abrí de forma precipitada la puerta del despacho y, sin cerrar completamente la puerta, me dirigí hasta mi mesa, me senté, saqué el cable de alimentación de la cámara y lo conecté a la corriente para poder encenderla. Le di a la tecla de puesta en marcha y esperé a que el disco duro empezara a funcionar. Mientras tanto fui a cerrar bien la puerta, no quería que nadie pudiera sorprenderme Volví a sentarme en mi sillón y encendí el televisor que tengo justamente sobre el mueble de mi escritorio y archivador. Conecté los cables y después hice lo mismo con la cámara de vídeo. Busque el inicio de la grabación y le di al Play.

Empecé a ver las imágenes que había grabado desde que ella salió de su trabajo, se montaba en la moto y se dirigía hasta La Almeda. Lo fui haciendo rebobinando de forma rápida, porque tenía mi sistema nervioso alterado y deseaba llegar a la parte en que ya habíamos entrado en el parque de Can Mercader.  En ese punto pude ver con toda claridad que había captado perfectamente el momento en que ellas se besaban, mientras estaban sentadas comiéndose la hamburguesa.

― ¡Felicidades! ―me dije―, pero ahora no estás buscando eso.

Me hablaba a mi mismo, los dedos no me respondían, no atinaba con la tecla de rebobinado rápido, tenía las manos frías, las piernas me temblaban y las rodillas chocaban la una contra la otra por debajo de mi mesa a la vez que, sin levantar las puntas de los pies, taconeaba el suelo de forma frenética.

― Aquí ―dije cuando empecé a ver que se había grabado el momento en que empezaba a caer aquella densa niebla. Observé que, para entonces, la grabación se hizo en automático. Supuse que cuando me extrañé de lo que estaba pasando, se me olvidó presionar el botón de pausa y por ello la cámara siguió grabando, ya que en esa parte de la grabación no se enfocaba a ningún punto en concreto. La cámara fue grabando sin control, enfocando al suelo, los matorrales, zonas sin nada en concreto excepto mucha niebla, etc.  Lo estaba viendo con velocidad normal porque no quería perderme ningún detalle. Seguí observando aquella parte. Mucho grabado pero sin nada importante durante un buen rato, hasta que se empezaron a ver los cambios de luces. Era tal como lo recordaba pero la cámara lo había registrado mejor, tanto que parecía como si la luz le deslumbrase y no se viese nada, todo era blanco, nada más que blanco, pero debí moverme un poco en aquel momento porque noté que de golpe debí enfocar hacia el suelo y a partir de ahí se empezaron a ver los pies de ellas dos. Duró un minuto aproximadamente pero después, supongo por el cansancio de la postura en la que estaba agazapado entre los matorrales, la cámara empezó a subir hacia arriba y se podía ver a ellas sentadas en el banco. Justo cuando estaban abrazadas y con la cara tapada. En ese preciso momento la cámara empezó a emitir un sonido de interferencias que yo no había notado en el parque. Era una música muy aguda pero con unos tonos agradables, me recordó a la película “Encuentros en la Tercera Fase”, era muy similar. Se me erizó el vello de los brazos y sentí un escalofrío en todo el cuerpo.

La cámara siguió emitiendo aquel sonido y aquellas imágenes que yo estaba viendo por el monitor del televisor a la espera impaciente de ver si había podido captarse alguna otra imagen de aquel encuentro. Entonces fue cuando vi aparecer por la izquierda de la pantalla un destello de luz blanca y de ella vi aparecer un brazo que alcanzaba la cabeza de una de las mujeres y luego otro brazo que hacía lo mismo sobre la cabeza de la otra mujer.

― ¡Uau! ―grité a la vez que paraba la cámara.

Necesitaba respirar. Tomar aire y tranquilizarme. Yo sabía que aquello era lo que había visto y ahora sabía con certeza que no había estado soñando, que no había tenido un alucinación mental mientras trabajaba.

Me apresuré a comprobar si había más imágenes grabadas. Lo que se veía hasta el momento no era mucho, se veía a las mujeres sentadas abrazadas y unos antebrazos, no más, de alguien que acababa con sus manos en las cabezas de las dos mujeres. Antebrazos que yo realmente los había visto, pero que a causa de la intensidad de aquella luz blanca, no se distinguían con suficiente nitidez y cualquiera podría decir que se podría tratar de dos brazos humanos vistos con una luz por detrás que los desenfocaba.

Continué viendo la grabación y se captaron pocos segundos más de lo mismo hasta que de golpe se quedó la imagen totalmente blanca, como si la interferencia hubiera sido mayor. El sonido también desapareció totalmente. Aquello coincidió con el momento en que aquella cosa elevó a pulso a ambas mujeres, después de ponerles las manos a la cabeza, de manera que esa parte no quedó grabada en la cámara.

Cuando la cámara volvió a dar imágenes “normales” fue justo cuando yo volvía a tener la intención de grabarlas, momento en el que me di cuenta de que se me había quedado en modo REC, a partir de ahí lo grabado correspondía al momento en que salimos del parque y hacíamos el camino hasta la moto.

Apagué la cámara y el televisor. Me eché hacia atrás en mi sillón y cerré los ojos. Ahora estaba en el estado de reflexión que necesitaba y que hasta ese momento no había podido tener. Me preguntaba cómo había sido capaz de aguantar el tipo y no salir corriendo, pero quise creer que mi propio miedo me dejo inmóvil. Incapaz de tomar una decisión. Supuse que debí reaccionar de esa forma pensando que, si me movía y me detectaban, me podría pasar algo. Supongo que debió ser algo instintivo. No alcanzaba a comprender el porqué.

Ahora, faltaba asimilar todo aquello. Sabía que era cierto porque había tenido la suerte de que una parte de lo que pasó se grabara con mi cámara de vídeo, aunque sólo para mí, porque aquellas imágenes no se podrían utilizar  para explicar lo que yo había visto. Nadie lo iba a creer.

Me preguntaba tantas cosas… ¿Por qué aquellas mueres habían reaccionado así? Estaba seguro de que ellas no eran conscientes de lo que les había ocurrido en aquel parque. Aquellas mujeres pasaron miedo en un primer momento, pero luego lo olvidaron todo y actuaron tan tranquilamente, como si nada. ¿Les habrían borrado la memoria?. En ese caso ¿Para qué lo habían hecho aquellas “figuras”? ¿Qué interés tendrían?

Lo que estaba claro es que yo había visto a un extraterrestre llegar allí, salir de una especie de niebla, colocar sus manos en las cabezas de las dos mujeres, suspenderlas en el aire, dejarlas de nuevo en el banco y luego,  convirtiendo su supuesta nave en un punto de luz del tamaño de un euro, marcharse hasta confundirse con las estrellas. Eso estaba claro, pero solamente lo sabía yo y, evidentemente, no podía explicarlo.

Me marché a casa. Mi mujer, afortunadamente, estaba ya durmiendo cuando llegué y eso evitó que pudiera ver la cara que yo traía. Supongo que me hubiese delatado, ella habría notado que me pasaba algo y yo no podría haberle explicado nada.

Me tumbé en el sofá, después de prepararme una tónica con mucho hielo. No estaba preparado en aquellos momentos para beber algo más complicado que pudiera perturbar mi descanso o perjudicar a mis neuronas, si es que había quedado alguna sana.

Estuve toda la noche en el sofá, sentado, dándole vueltas a la cabeza y pensando en lo que me había pasado, hasta que me quedé dormido. No sé a qué hora ni cuánto rato pude dormir.

Fue mi mujer la que me despertó por la mañana, cuando ella se levantó para desayunar.

― ¡Cariño! ¿Quieres café? ¿Viniste muy tarde anoche? No te oí llegar.

No supe qué contestarle. Ni tan sólo si era conveniente, que respondiese. Tenía miedo a que me siguiera preguntando y yo tuviese tentación de decirle:  “¿Sabes qué me pasó anoche?”

Afortunadamente, reaccioné y le dije que llegué tarde y no quise molestarla, y que sí, que le agradecía que me preparase un café mientras me duchaba.

Cuando salí de la ducha me tomé el café, mientras ella me explicaba que, cuando saliese de trabajar a mediodía, iría a comprar algo y posiblemente llegaría un rato más tarde. Se despidió con un beso rápido y se marchó.

Yo me dispuse a preparar un redactado para entregar a mi cliente, con los detalles de lo que había ocurrido, y añadiendo algún fotograma de interés de lo que se había grabado. Evidentemente, de la parte que a él le interesaba, no del resto.

Puse la radio en la emisora de Radio Cornellá, que es la que siempre escucho por las mañanas. Era viernes y ya eran las nueve y media de la mañana, así que escuché el programa despertador “Bon Día”, de José Antonio Castillo que duró hasta las diez. Me acompañó en la elección de los fotogramas que iba a insertar en el informe. Cuando ya lo estaba redactando, empezó el segundo programa de radio, “Passió pel Matí”, conducido por Andrea Sánchez, un programa de música e informativos que recoge mucha información local.

Mientras estaba escribiendo empezaron a dar una noticia que detuvo automáticamente mis dedos… Estaban informando acerca de que numerosos habitantes habían llamado a aquella emisora de radio, a la Policía Local y a los Mossos d’Esquadra, denunciando que sobre el Parque de Can Mercader había visto algo muy extraño, confesando algunos de ellos que había llegado a ver un platillo volante...

En el programa de radio, dieron detalles de las llamadas recogidas, estuvieron explicando que una especie de nube se había situado sobre el parque y que, dentro de esa nube, se veían destellos de luces blancas y violetas. Incluso algunos vecinos de la zona de La Miranda habían podido llegar a ver claramente que se trataba de un platillo volante.

Me quedé helado. Así, no era yo el único que lo había podido vivir. Aquello lo había visto mucha gente...

Continúe escuchando con mucho más interés. La noticia duró gran parte de la mañana y eran muchos los comentarios que se emitían en aquella emisora, algunos realmente inverosímiles, seguramente de gente que quería apuntarse al carro o reírse de la noticia.

Me sorprendí aún más cuando escuché dos cosas, dos detalles aparentemente sin importancia… En un caso, unas personas comentaron que vieron una gran nube y que se marcharon del parque porque pensaban que iba a llover y no querían mojarse. Eso ocurrió justamente cuando nosotros entrábamos.

El otro comentario fue el de la Policía Local, que comentó que, después de las insistentes llamadas de vecinos que decían lo mismo, se personaron en el parque, que llegaron a las once y veinte, aproximadamente, y que allí no había ni nube ni nadie, y que el parque estaba totalmente cerrado. Pensé que debieron llegar justamente cuando nosotros salíamos, y que por eso no vieron nada.

Una duda terrible se me planteaba: ¿Qué debía hacer? ¿Llamaba y contaba que yo lo había vivido de cerca y que incluso tenía imágenes de “ellos”?. No, no podía. Las imágenes no eran suficientemente explícitas para demostrar que aquellos brazos fuesen los de un extraterrestre. Por otra parte aquellas dos mujeres no iban a poder acreditar mi versión, porque, después de lo que vi, estaba casi convencido de que no recordarían nada. Además, no podía explicar que yo estaba en una investigación y desvelar a la investigada y a mi cliente. Eso no podía hacerlo de ningún modo...

Me quedaba la posibilidad de contarlo en petit comité. Seguramente nadie me creería, y menos teniendo como profesión la de Detective Privado y como afición el escribir novelas. Todos me achacarían que tengo muchas historias vividas y demasiada imaginación. Pero en ello había algo de positivo: podría explicarlo y no quedar mal.

Sea como fuere, le entregué el informe a mi cliente con los detalles de la investigación y los fotogramas en los que pudo comprobar que su mujer tenía un amante, pero que no era ningún hombre, sino que se trataba de su compañera de trabajo. Cobré y me marché.

Ahora, en las reuniones de amigos les cuento esta historia, les digo que yo estuve allí, en aquel parque, viendo cómo una gran niebla cubría el parque, quizá con un platillo volante en su interior, de donde, poco después, salió un extraterrestre muy alto, con la cabeza como una pelota de rugby y que suspendió en el aire a dos mujeres mientras éstas se comían unas hamburguesas.

Normalmente, esta historia genera mucha controversia y bastantes risas. Todos me dicen que tengo mucha imaginación y que debería escribir un libro… Puede que lo haga y un día escriba: Cuando los extraterrestres visitaron Cornellà. Quién sabe, igual a alguien le gusta.

Yo me lo creería.



F I N